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BEATRIZ GIMENO. Es hora de que las feministas críticas con la institución prostitucional cambiemos completamente de paradigma argumentativo en relación con uno de los debates más antiguos, más enconados, más crispados y, quizá, más confusos que se vienen manteniendo dentro del feminismo. Nunca he podido entender cómo es posible que uno de los ejemplos más claros de mercantilización del ser humano pudiera ser defendido por personas que se dicen profundamente anticapitalistas, ni entiendo tampoco cómo es posible que uno de los negocios más lucrativos del mundo y más explotadores, uno de los que genera más dinero a las mafias, no sea ardorosamente atacado por personas que se dicen de izquierdas. También me cuesta entender cómo una institución creada por el patriarcado como uno de sus pilares, una institución que juega un papel fundamental en determinada construcción sexual y de los géneros, ha terminado siendo defendida por feministas. A estas alturas del debate ya sabemos que las posturas favorables a la prostitución son mayoritarias en los ambientes más radicales, de izquierdas, alternativos o queer. Las personas que las defienden, radicales en todo y con voluntad rupturista en la política, no sólo no se manifiestan en contra de la prostitución como institución, sino que suelen entenderla como inevitable (y de aquí parece derivarse que es aceptable): su acercamiento a ella es opuesto a su acercamiento a otras instituciones políticas que, a pesar de parecer también inevitables, son, en cambio, combatidas con convicción. Por el contrario, parecen estar furiosamente en contra de la prostitución las meapilas, las feministas aburridas, institucionales y conservadoras, la gente conservadora en general y nuestros padres y abuelos. Con estos adversarios, si una quiere ser moderna o políticamente radical, no parece quedar otra opción que estar a favor de la prostitución.

La realidad es, sin embargo, muy distinta y mucho más compleja. A favor de que la prostitución siga existiendo e incluso de que se incremente están, especialmente, los hombres conservadores y antifeministas (todos los estudios realizados han revelado que los clientes de las prostitutas son, mayoritariamente, conservadores y antifeministas, como, por otra parte, era esperable). También parece estar a favor la gente religiosa que, desde siempre, la ha visto y aceptado como un mal menor y necesario para los hombres, siendo el verdadero mal el feminismo. Por supuesto, a favor están también quienes trabajan para que la prostitución exista y se incremente: las mafias internacionales, que lo mismo se dedican a la trata de personas que al tráfico de armas, y, en general, todas las personas que se mueven como pez en el agua en el heteropatriarcado capitalista del que la prostitución es un pilar.

En primer lugar, habría que explicar las razones de que este debate (me refiero únicamente al debate que se da en el seno del feminismo) se construya con presupuestos y argumentos que son lo contrario de lo que parecen y de que la gente esté también en el lado contrario del que en principio cabría esperar, pero no se trata de una explicación fácil que quepa en este artículo. Aunque está relacionada con muchas otras cuestiones de maneras compleja, es posible que una de las razones por las que se da esta confusa situación sea que estamos hablando de sexo (aunque esto tampoco sea verdad: estamos hablando de una sexualidad masculina que necesita que un cuerpo femenino se ponga a su servicio). En esta cultura, como ya demostró Foucault, todo lo que tiene que ver con el sexo se reviste automáticamente de “transgresión” y es esta categorización la que llama a que alrededor de la defensa de la prostitución se congreguen personas que deberían estar en contra. Foucault también demostró que, en realidad, esta cultura no niega ni esconde el sexo, sino que, al contrario, lo multiplica para utilizarlo como gran mecanismo de alienación, control y normalización social. Pero, para que dicho mecanismo funcione, es necesario esconder su verdadera intención bajo los ropajes de lo transgresor con el fin que sea asumido socialmente. Creo que la excepcionalidad con que se recubre todo lo que tiene que ver con el sexo es la razón principal de que en la defensa de la prostitución se junten muy extraños compañerxs de cama. Pero esa no es la única razón. En mi opinión, el feminismo abolicionista sí parece a veces (al menos una parte de él) aquello de lo que se le acusa: antiguo, antisexual, socialmente conservador y poco empático con las mujeres que se dedican a la prostitución. En el feminismo abolicionista hay de todo, pero es verdad que su discurso central se ha quedado anticuado mientras a nuestro alrededor todo cambiaba. Es necesaria una nueva teoría feminista antiprostitución que incorpore lo que nos ha enseñado la teoría queer.

Para empezar, la prostitución no es sexo sino sexo masculino. Las mismas mujeres que se dedican a la prostitución ponen especial empeño en delimitar su propia vida sexual de su trabajo prostitucional. Poner el cuerpo a disposición de otra persona, no por placer e incluso aguantando un intenso displacer, no es sexo. Será una manera de ganarse la vida, pero no sexo. Sólo desde la fantasmagoría masculina más rancia pueden creer los clientes que estas mujeres lo hacen por placer. Claro que necesitan creer que ellos les proporcionan placer, porque esa ilusión forma parte de la masculinidad hegemónica. Si supieran lo que ellas piensan de ellos, probablemente muchos no podrían sentirse a gusto y gozar. Esta ilusión/mentira es necesaria porque, si la prostitución sirve para algo hoy día, cuando es fácil conseguir sexo no comercial, es para resguardar un ámbito en el que los hombres más incapaces de incorporar la igualdad a sus masculinidades puedan aun (re)construirlas o fortalecerlas. C. Pateman afirma que está claro por qué se dedican las mujeres a la prostitución: por dinero. El asunto es… ¿Por qué lo hacen ellos cuando el sexo por placer está (y cada vez más) en todas partes? Quizá porque la prostitución es uno de los pocos espacios que todavía permite a algunos hombres seguir ejerciendo una masculinidad hegemónica que el feminismo ha puesto en cuestión. Que los clientes de la prostitución sean hombres demuestra que se trata de una institución patriarcal. Da igual que la ejerzan mujeres, transexuales u otros hombres ¿Cómo es posible que hayamos llegado a olvidar que la prostitución la practican los hombres (no las mujeres) y que es ese hecho lo que tenemos que analizar?

La prostitución pone en juego el cuerpo, pero también todos sus símbolos y metáforas. Pero no trata de sexo, porque, si de sexo se tratara, la sociedad podría promocionar, por ejemplo, la masturbación, no como sustituto del sexo sino como sexo en sí mismo, sexo en ausencia de pareja o, simplemente, sexo rápido y funcional, mera descarga física. Pero claro que no se hace así, sino que se opta por legitimar y promocionar un tipo de sexo, de prácticas y de ideología sexual heterosexista, coitocéntrico, patriarcal y, sobre todo, jerárquico (siempre se negocia en condiciones de desigualdad). La prostitución, en realidad, supone una especie de performance de género. Es un trabajo físico y emocional basado en una ideología muy determinada cuya práctica ponen en juego determinados rituales: todo ello con la intención de enfatizar el binarismo sexual, una supuesta complementariedad y la heterosexualidad. Porque hay que entender el género no sólo –o no fundamentalmente– como lo que una o uno es (sin binarismo sexual el género no existe), sino como lo que una o uno hace, especialmente, con otro/a. El género es, sobre todo, la relación que se establece con el otro/la otra. Usar de la prostitución es el “hacer” sexual por excelencia en tanto significa practicar el ritual que marca y fija la diferencia sexual, tanto emocional como física, social o económica. Mediante los actos performativos que se ponen en marcha cuando se acude a una prostituta, el cliente puede (re)construir el sexo y el género tradicionales para liberarse de la angustia que producen a muchos hombres las exigencias del feminismo. En el acto prostitucional, en el que ambos, él y ella, teatralizan la relación entre sexos y géneros, subyace una consideración “hidráulica” de la sexualidad masculina, entendida como una especie de fuerza de la naturaleza que necesita descargar, que entiende esa descarga como un derecho de los hombres y, por tanto, una obligación de (determinadas) mujeres.

Recordemos por último en este brevísimo análisis que la prostitución es casi la única institución-dispositivo-trabajo-ocupación… de las destinadas a reforzar la dicotomía sexual que no es reversible, lo que indica su centralidad en el mantenimiento de dicha dicotomía. Es imposible poner a los hombres en la misma situación de las mujeres que se encuentran en prostitución. En primer lugar, no olvidemos que el 99.9% de los clientes son hombres, sin importar el sexo de la persona que se prostituya. Y, en segundo lugar, aun si tuviéramos en cuenta a las mujeres clientes (lo que no sería aceptable en ninguna otra discusión si consideramos que son menos del 0.5% del total), tendríamos que admitir que, aunque hay hombres que se prostituyen con mujeres, su performance no se sale un milímetro del guión tradicional de género. Ellos son hombres que hacen de hombres. Son putos, pero hacen de hombres “de verdad”. Vamos, que las follan. Para que hombres y mujeres ocuparan posiciones similares en la prostitución, ellos tendrían que ser vendidos por los traficantes, encerrados sin poder salir y obligados a venderse desnudos en las esquinas de las calles. Las clientas deberían poder sodomizarles con dildos u obligarles a prácticas no tradicionales, dolorosas o que ellos consideraran humillantes. Debería poder no pagarles, golpearles, violarles. Si los hombres pudieran ocupar en la prostitución la misma posición que las mujeres, entonces no habría patriarcado y no estaríamos hablando de esto. No es posible cambiar los papeles porque la prostitución es una perfomance del sistema de género y un reaseguro de la masculinidad y feminidad hegemónicos. Por eso, la prostitución tiene consecuencias en la vida de las mujeres que se dedican a ella, pero también en la vida de todas las mujeres como género, así como en la de los hombres, ya que es ahí donde aprenden la masculinidad legítima.

Cuanto más estudio la prostitución, más me pregunto cómo es posible que uno de los negocios mundiales más ligados a la globalización neoliberal y a la injusticia económica, que más dinero produce a las mafias globales que trafican con personas y armas, que compran gobiernos y medios de comunicación, uno de los negocios más ligado a empresarios explotadores… sea defendido por personas de izquierdas que, cuanto menos, minimizan su importancia. Cómo es posible que una institución milenaria, creada por el patriarcado para obtener beneficios y someter a las mujeres, que disciplina la sexualidad, la afectividad y las relaciones entre hombres y mujeres, sea considerada transgresora. Creo que, cuando pase el tiempo y en este debate la gente se sitúe en su lugar natural, se comprenderá hasta qué punto la confusión actual es resultado de uno de los ejemplos de marketing político más exitoso del mundo.

Finalmente, debo añadir que ninguna feminista puede defender la prostitución como institución, pero todas tenemos la obligación de solidarizarnos con las mujeres que viven de ella. De ahí la enorme complejidad que el tema entraña para las feministas y una de las razones de que el debate lleve tantos años abierto. La única opción para terminar con la prostitución (o con esta prostitución, al menos) es invertir en igualdad. Los hombres igualitarios, que ven a las mujeres como iguales, no usan de la prostitución, simplemente no podrían.

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